Como dice el post de Miguel Ángel Santos, por
la vida de todos ha pasado ese profesor al que recordamos con admiración, que
nos ha marcado positivamente, un profesor que ha influido sobre nuestra forma
de ser y de hacer. Por desgracia este espécimen docente es minoría. Por las
manos del docente pasan niños y adolescentes cuya personalidad está en proceso
de formación y sobre la que se puede y debe actuar para mejorar y guiar el
futuro de los alumnos. M. Ángel Santos destaca que un buen docente tiene como
cualidades el compromiso, la perseverancia, el optimismo, la creatividad, la
paciencia, el amor por su profesión y el ser competente. Estoy totalmente de
acuerdo con estas cualidades, ya que en esencia el profesor es un “vendedor de
ideas” y para vender esas ideas con éxito debemos ser buenos comunicadores,
adaptarnos a las necesidades de cada alumno (o cliente) y estar motivados.
El buen profesor no nace, se hace. En su
proceso de formación, sobre todo los de enseñanza secundaria, además de los
conocimientos propios de la especialidad, se deben potenciar habilidades
psicológicas y pedagógicas. La función
del profesor no es sólo llegar a clase y dar una lección de economía o de
literatura, su cometido va más allá. Un profesor debe conocer a todos y cada
uno de sus alumnos, saber cuáles son las fortalezas y debilidades de todos y aprender a
cómo potenciar las fortalezas de cada alumno y a cómo ayudar a superar las
debilidades de cada alumno. La consecuencia de esto será un docente más capaz y
con una actitud más activa, lo que a su vez supondrá una mejora de los
resultados académicos y sobre todo una sociedad más realizada, más comprometida
y más competente. Seamos buenos docentes.
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